Editorial

La realidad de las ciudades confirma mediocridad

Una ciudad con calles destruidas, avenidas convertidas en ríos cada vez que llueve y barrios enteros expuestos a inundaciones no tiene solamente un problema de infraestructura o de castigo divino. Tiene, sobre todo, un problema de prioridades. Cuando las necesidades básicas de una comunidad siguen sin respuesta, mientras abundan los anuncios, los actos de entretenimiento y las iniciativas destinadas a cosechar aplausos, sus administradores son bueno, pero en hacer ruido.

Ciudad del Este, principal centro económico del Alto Paraná, no puede conformarse con su protagonismo comercial, el movimiento fronterizo ni su capacidad de generar riquezas. Sin embargo, el deterioro de las calles, las deficiencias del drenaje pluvial y las zonas que vuelven a quedar bajo agua con cada lluvia recuerdan que el dinamismo económico no siempre encuentra correspondencia en la gestión municipal.

El problema tampoco termina en la capital departamental. Otras ciudades importantes del Alto Paraná, con realidades y dimensiones diferentes, enfrentan sus propios desafíos de vialidad, planificación urbana, desagüe y mantenimiento. El crecimiento de Presidente Franco, Hernandarias, Minga Guazú y Santa Rita, entre otras localidades, necesita acompañamiento institucional, inversión y previsión.

Es evidente que ningún municipio puede resolver de un día para otro todos sus problemas ni dispone de recursos ilimitados. Precisamente por eso existen la planificación, la priorización y la administración responsable. No se trata de exigir milagros, sino de reclamar que se atienda primero lo indispensable. Una calle transitable, un sistema de drenaje funcional y una infraestructura capaz de soportar las lluvias son obligaciones básicas de cualquier gobierno municipal.

La distorsión aparece cuando lo accesorio adquiere más importancia que lo esencial. Festivales, espectáculos y celebraciones pueden tener su lugar en la vida comunitaria, pero pierden justificación como prioridad cuando las necesidades estructurales permanecen desatendidas. El populismo no soluciona nada, solo persuade a incautos. Confundir popularidad con gestión, exposición con resultados y anuncios con obras, es una de las grandes trampas de la política municipal practicada por la mayoría.

Un buen gobernante no se enfoca en entretener al contribuyente para que olvide sus problemas, sino en administrar los recursos públicos para resolverlos. La calidad de una gestión no se mide por la cantidad de publicaciones en las redes sociales, sino por los resultados que experimentan los ciudadanos en su vida cotidiana. Tampoco basta con culpar a la lluvia, al crecimiento urbano desordenado o a las administraciones anteriores. Esos factores pueden explicar parte de las dificultades, pero no eximen a quienes tienen la responsabilidad de planificar, corregir y ejecutar.

Una tormenta puede ser inevitable; que una avenida se inunde reiteradamente sin una respuesta estructural, no tiene nada que ver con la naturaleza, sino con la ineptitud de autoridades. Alto Paraná necesita ciudades que crezcan con orden y municipios que comprendan que el dinero público debe traducirse en bienestar tangible. Una ciudad no se desarrolla simplemente porque tenga más edificios, vehículos o actividad comercial, sino cuando ofrece condiciones dignas para vivir y trabajar. Si cada lluvia convierte sus avenidas en ríos y sus calles en trampas, mientras las autoridades privilegian la propaganda y lo accesorio, la gestión es irrefutablemente mediocre.

Últimas

Inicio