Editorial

Actores de ideologías y creencias

Hay candidatos que, como el camaleón, adaptan su color conforme el público ante el cual se presentan. Una posición ideológica para un auditorio, otra para una cámara de televisión y, cuando aparecen los votos en el horizonte, el gesto religioso que mejor conecte con la sensibilidad de la mayoría. Todo para la foto. Una sociedad libre debe garantizar precisamente esa diversidad, pero el problema aparece cuando las convicciones dejan de ser principios y pasan a convertirse en herramientas de campaña.

En Paraguay, el debate en torno a la denominada “ideología de género” forma parte desde hace años de la disputa política y cultural. Existen dirigentes que han asumido públicamente posiciones favorables a determinadas políticas de género, mientras otros se presentan abiertamente como defensores de la vida y la familia. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo que resulta cuestionable es cuando las ideas parecen modificarse según quién esté mirando.

Un dirigente que ha sostenido posiciones ideológicas alejadas de la concepción tradicional de familia puede aparecer posteriormente santiguándose ante referentes conocidos por sus posiciones provida y profamilia. Y también puede ocurrir que personas cuya pertenencia a organizaciones masónicas haya sido públicamente documentada participen de ceremonias y reciban sacramentos propios de una tradición religiosa con la que históricamente existen incompatibilidades doctrinales.

Aquí no se trata de perseguir a nadie por pertenecer a una organización, ni de negar la libertad de conciencia. Pero sí es legítimo preguntar por la coherencia pública de quien pretende representar a una sociedad mayoritariamente identificada con el cristianismo y, particularmente, con el catolicismo. La cuestión religiosa no es menor. Para un católico, la Eucaristía no es un elemento decorativo de una fotografía política. Tampoco la cruz, el altar o el gesto de persignarse son accesorios electorales.

Tienen un significado concreto. Del mismo modo, la Iglesia Católica mantiene una posición doctrinal históricamente crítica respecto de la pertenencia a la masonería. Por tanto, cuando alguien combina públicamente ambas referencias, la pregunta sobre la coherencia surge de la propia naturaleza de las creencias que dice representar. Cuando el objetivo es conseguir votos, no todo debería valer. Tener a un candidato a la intendencia convertido en actor profesional, que se burla de la fe y creencia de su ciudad, no precisamente es lo mejor.

La política no debería ser una feria de disfraces ideológicos. Quien tiene convicciones tiene derecho, si se quiere hasta obligación a sostenerlas, incluso cuando sean impopulares. Cambiar de opinión no es el punto, lo que resulta difícil de aceptar es fingir una identidad para obtener el respaldo de quienes creen en ella. La ciudadanía no está obligada a votar personajes.

Si un candidato es capaz de fingir sus convicciones religiosas o ideológicas para conquistar votos, ¿por qué habría que suponer que será sincero cuando tenga poder, presupuesto y decisiones en sus manos? Cuando llega al poder, tarde o temprano termina gobernando desde aquello que realmente cree.

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