Editorial

Discurso y realidad

Todo gobierno tiene derecho a destacar sus logros. Es natural que un informe presidencial ponga énfasis en los avances alcanzados y en los indicadores favorables de su gestión. Sin embargo, cuando la descripción del país se aproxima más a una realidad idealizada que a la experiencia cotidiana de millones de ciudadanos, el optimismo corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de autocomplacencia.

En su informe anual, el presidente Santiago Peña presentó una visión ampliamente favorable de la situación nacional, aunque esa percepción no coincide en todo con la de quienes cada día enfrentan las dificultades económicas, la precariedad de los servicios públicos y la incertidumbre sobre su futuro.

Paraguay ha conseguido mantener fortalezas macroeconómicas que merecen ser reconocidas. La estabilidad fiscal, el crecimiento de determinados sectores y la confianza de los mercados constituyen activos importantes para cualquier administración. No obstante, esas cifras todavía descienden muy poco hasta la mesa de las familias. Mientras los indicadores muestran crecimiento, numerosos hogares continúan haciendo malabares para llegar a fin de mes, el empleo de calidad sigue siendo insuficiente y el costo de vida golpea con fuerza a quienes dependen exclusivamente de su salario. La macroeconomía, por sí sola, no llena la heladera ni garantiza una mejor calidad de vida.

Tampoco puede perderse de vista que persisten deudas históricas cuya solución no admite más postergaciones. La salud pública continúa exhibiendo carencias vergonzantes; la educación reclama transformaciones profundas; la inseguridad mantiene en vilo a numerosos sectores del país, y la infraestructura sigue mostrando enormes déficits fuera de algunos proyectos puntuales. Son desafíos demasiado importantes como para quedar relegados detrás de un relato excesivamente optimista que podría transmitir la falsa impresión de que los problemas estructurales están siendo superados con mayor rapidez de la que realmente ocurre.

Se equivoca quien interprete estas observaciones como una expresión de pesimismo o un intento de desconocer los avances logrados. Muy por el contrario, reconocer lo que falta constituye una condición indispensable para progresar. La autocrítica fortalece la gestión; la complacencia, en cambio, suele anestesiarla. Ningún país mejora convencido de que ya resolvió aquello que sigue afectando diariamente a sus ciudadanos.

Más que insistir en destacar lo alcanzado, el Gobierno debería concentrar buena parte de su esfuerzo en cerrar la brecha entre los indicadores económicos y la realidad social. El verdadero éxito no será que Paraguay continúe cosechando elogios en los organismos internacionales o exhibiendo estadísticas favorables, sino que esos resultados se traduzcan en hospitales que funcionen, escuelas que eduquen, empleos dignos y mayor seguridad para las familias. Allí radica el desafío pendiente y, probablemente, la evaluación que la ciudadanía hará cuando llegue el momento de juzgar esta administración.

Últimas

Inicio