Editorial

Encrucijada colorada

Las elecciones internas dejaron al coloradismo de Ciudad del Este frente a una decisión que puede definir mucho más que una simple estrategia electoral. El triunfo de Rigoberto Chamorro, ajustado pero suficiente, abrió inmediatamente el debate sobre la famosa “unidad” pregonada desde la dirigencia nacional de Honor Colorado, movimiento dominante en gran parte del país tras las últimas internas.

El discurso oficial apunta a cerrar filas con miras a las elecciones generales de octubre. La lógica partidaria tradicional sostiene que todos deben abrazarse después de competir. Sin embargo, la política real rara vez se mueve únicamente por manuales de unidad. Y Ciudad del Este, precisamente, es uno de esos escenarios donde las matemáticas electorales chocan de frente contra la percepción ciudadana.

Chamorro parece comprender esa delicada realidad. De momento, el mensaje es claro: sí al acercamiento con las bases de otros movimientos internos, pero no necesariamente a un abrazo político con Magno Álvarez y el clan Zacarías. Y la diferencia no es menor. Existe en sectores importantes de la ciudadanía un marcado desgaste hacia determinados liderazgos históricos de la ANR local.

No se trata solamente de rivalidades internas; es un fenómeno de percepción pública acumulada durante años. Hay apoyos que suman y hay apoyos que restan. En política, especialmente en tiempos de alta desconfianza, ciertas fotografías pesan más que mil discursos. El problema para el coloradismo esteño es que la búsqueda desesperada de “unidad” puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario al deseado. Mientras más cerca aparezca Chamorro de figuras altamente cuestionadas por parte del electorado independiente e incluso por colorados desencantados, más difícil podría resultar construir una imagen de renovación o de alternativa competitiva para octubre.

La ironía política es inevitable. El famoso “abrazo republicano” podría convertirse esta vez en un verdadero “abraso” de las chances electorales. La ciudadanía ya no observa únicamente estructuras partidarias; analiza símbolos, señales y coherencia. Y en una ciudad donde el rechazo hacia ciertos actores es elevado, cada alianza tiene costo. Eso no significa que la unidad carezca de importancia. Toda fuerza política necesita cohesión para competir con posibilidades reales. Pero también es cierto que no toda unidad es inteligente ni electoralmente rentable. Existen momentos donde sumar dirigentes implica perder votantes.

Chamorro enfrenta probablemente la decisión más importante desde su victoria interna. Optar entre la obediencia absoluta a la línea nacional o interpretar la particular realidad política del Este. El desafío consiste en encontrar equilibrio entre estructura partidaria y percepción ciudadana, dos factores que no siempre marchan juntos.

Las elecciones generales no se ganan únicamente convenciendo afiliados. También se conquistan reduciendo rechazos. Y quizás allí radique la verdadera encrucijada del coloradismo esteño, pues se vuelve determinante entender que, en determinadas circunstancias, la distancia política puede acercar más al electorado que ciertos abrazos demasiado pesados.

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