El mal principal de toda nación es la impunidad basada en el poder económico, que corrompe todo estamento vigente. Un país con referentes que se dejan alquilar, donde todo se borra, se permite, tiene el condimento preciso del dinero sucio. Comercializar justicia es condena a la miseria de muchos y el beneficio de unos pocos. Crímenes o delitos deberían ser atribuibles a todos, independientemente a sus bolsillos, por lo que fiscales y jueces deben determinarse dentro del marco legal, no dentro del marco económico.
La seguridad jurídica pasa por el cumplimiento del principio de generalidad en materia de alcance de las normas, fuera del bolsillo. Las mafias predominan por el aval del dinero. Es inconcebible que una ciudadanía que pretenda tener una realidad positiva se autodetermine dentro de la impunidad por el caudal económico. “Blindarse” con metálico, y sobrepasar las leyes, únicamente pueden regir en sociedades consumidas por la corrupción, por la ignorancia plena, donde su composición poblacional carece de yodo, y donde la prensa es la plebeya genuflexa por relojes de marca o perfumes.
Esta plaga llamada impunidad, retrotrae a una historia rica en inmundicia, donde los poderosos hacían lo que querían y solo los pobres eran sometidos a la ley. Bueno, ello no ha variado en nada. Penosamente esta modalidad de generaciones arcaicas es profesada por quienes piensan que con dinero es posible comprar hasta conciencias. Por ello existen manejos ajenos al Estado, hasta en penitenciarías. Esta estructura montada por la corrupta mente y personalidad de dirigentes, debe ser destruida desde sus raíces, y es la ley aplicada la que debe dar ejemplos severos.
Si existe impunidad es porque se tiene un pueblo todavía dormido e indiferente. El que se alquila, se vende o se permuta, es el peón de organizaciones mafiosas que al final termina por afectar a todos. Las estructuras principales del órgano estatal están aún contaminadas por las aves de carroña, que en medio de la podredumbre se rebuscan por alguna osamenta que alimente su hambre por el dinero fácil. El esquema sigue intacto. Expositores de esta vida mezquina son quienes colocan los lunares negros en comunidades, que tratan de restituirse dentro de los valores que son constantemente atropellados por quienes tienen dinero.
La justicia no puede seguir teniendo precio y los que están en posición de garantes que salgan de la ética merecen el paredón. El restablecimiento del orden implica destruir lo sucio, separar las manzanas podridas y el imperio de la ley. No hay negociación que pueda prosperar por sobre lo correcto, si se quiere una variación de lo irregular.
