Editorial

Auto halagos

La manera cansina de auto-halagos de administradores locales haciendo peroratas en cada habilitación de emprendimientos con dinero del pueblo, sigue siendo una afrenta para la inteligencia de la gente a la que representan. Auto-ensalzarse por obligaciones naturales de cualquier ocupante circunstancial de cargos públicos es sencillamente práctica de electoralismos baratos que buscan sacar réditos.

Toda obra, sean empedrados, mejoras de aulas, caminos, tanques o apoyos monetarios a organizaciones, es sencillamente obligación de municipios y gobernaciones. Estas instituciones reciben dinero fruto del impuesto de la gente, no de propias economías como se trata de vender a través de los medios de comunicación. Consumir esta mentira es también otro absurdo repetido.

Lo que ingresa a las arcas comunales y del gobierno regional, constituyen dinero de la ciudadanía, no de personajes creados para electoralismos o con problemas patológicos d egocentrismo. Enormes carteles para toda obrita, es una burda manera de campañas a favor de personas y no precisamente de comunidades. ¿al final obra de quien, del pueblo de autoridades?

Todo impuesto, tasa, tienen el origen en la necesidad de ser revertidas a favor de la población que aporta, para en teoría recibirla en obras comunitarias.  Así que las obras se realizan mediante su dinero amigo lector, no mediante las gestiones extraordinarias de ningún fenomenal o extraordinario dirigente o ser. Destacar siempre el buen manejo de recursos, es sencillamente responsabilidad propia de cada puesto, cargo y función.

Todos, absolutamente todos quienes fueron electos para manejar los hilos de administraciones públicas reciben salarios y en algunos casos bastante altos. Por lo que son funcionarios y se deben neta y exclusivamente a cada contribuyente, no precisamente a líderes políticos o ideológicos. Todo lo que se construye es obra y gracia al dinero de la gente.

Del mismo modo con que son utilizadas obligaciones propias de cargos para resaltar figuras, las ineficiencias, ineptitudes y falta de un vertimiento adecuado del dinero público, deben ser destacados, pero por sobre todo sancionados. Dejar de tomar todo como campañas para sí mismos y cumplir sin miramientos, sin ruidos estruendosos de la prensa, con ordinarias labores, es la actitud de un buen dirigente.

Poco o nada sale de los bolsillos de quienes usan montos elevados del erario público para colocar sendos carteles con propios nombres, y hasta fotografías. A veces hasta el mismo cartel costó más  que la obra. Cambiar hacia lo objetivo, hacia la política propiamente dicha, tendrá un efecto positivo inmediato hacia la gente a que se pretende influir. Malgastar el dinero del pueblo en nimiedades como publicidades empachosas, es malversar, guste o no.

Lo importante no son figuras personales, sino el bienestar de la ciudadanía que apostó en promesas de mejores tiempos. El populismo de nada sirve en la solución de males perentorios. Perder tiempo buscando mejorar imágenes, o atacando a eventuales adversarios electorales, solo colabora para que la politiquería siga en boga y los deberes trabajados a medias. Hacer mucho ruido es de faltos de capacidad e integridad.

Optar por trabajar, y rendir alto para la gente, es la mejor publicidad que ni siquiera todos los medios de comunicación juntos pueden redituar, pues la madurez ciudadana va en contra de cretinismo epidémicos. La ciudadanía pensante, debe exigir constantemente a quienes por circunstancias especiales son autoridades. La política real, no necesita contaminar ambientes, como para ser notado.

Últimas

Inicio