Editorial

La sangrienta “industria” del secuestro

Los números son claros, y los  secuestros extorsivos que se suceden en varios puntos cardinales del territorio nacional, pero preferentemente en el norte, confirman que la industria creciente sigue sin oposición clara y llamativa. Los hechos sucesivos pintan a las claras que la zona brinda innumerables posibilidades para el desarrollo de este tipo de delincuencia, no precisamente por la condición geográfica, sino por la desidia manifiesta, y capaz hasta deliberada.

Incluso la “prostitución” del rubro delincuencial, bajando de “nivel” en cuanto a la condición económica de los plagiados, marca un hito en la historia paraguaya, donde cualquier ciudadano con un trabajo y salario mensual puede ser víctima de un secuestro. Este fenómeno se globalizó, teniendo en cuenta que metrópolis suramericanas sufrieron el mismo proceso, y hoy conviven en igual condiciones delitos comunes y el secuestro. El país “adoptó” lamentablemente este sistema que no discrimina clases económicas y que mata con saña.

Las condiciones de poca preparación y primordialmente la falta de una política de seguridad preventiva, convierten a regiones en terreno fértil para la “industria del secuestro”. La falta de especialización, equipos, medios y en muchos casos de honestidad, condimentan el submundo de la delincuencia y no existe persuasión para evitar delinquir. Una justicia benevolente, fiscales ineptos y jueces venales, cierran el círculo como para publicitar y dar vida a la marginalidad de este rubro, que hasta la fecha encuentro poca oposición.

Secuestros son fruto de la misma mentalidad enferma del criminal, por lo que castigos deben ser similares y sin contemplaciones. Buscar establecer no solo normas que castiguen este mal social, sino pertrechar, especializar a investigadores y proponer políticas serias conducentes a amainar o eliminar la delincuencia “experta” son factores que deberán primar indefectiblemente en Gobiernos preocupados con la suerte de su población.

La desatención a este tipo de crímenes es lo que acrecienta y fomenta su existencia. La impunidad es el “motor” que acelera el ingreso de todo tipo de personajes de conducta desviada, al que era exclusividad de peces gordos de la delincuencia. No hay trabas, muy pocos contratiempos, por lo que cualquier “pelagatos” del submundo de la marginalidad, ahora funge de secuestrador. La situación no es para nada tranquilizadora, sumada a la falta de respuesta inmediata para eliminar células de esta especia de espectros de la sociedad.

Si ni siquiera se puede amainar las acciones de “motobandis”, que son considerados ratas, difícilmente puedan hacer frente a especialistas de plagios. La inseguridad habitual de por sí es agobiante, por lo que sucesivos secuestros sobrepasan el mismo límite. Urge alguna acción efectiva para atacar en todos los frentes estos males que zozobran las estructuras de una sociedad trabajadora y que no encuentra respaldo en sus gobernantes. Cabe buscar políticas serias de controles que puedan subsanar y devolver la seguridad necesaria en las comunidades de todo el país.

Primordialmente el norte necesita de mayor atención del Gobierno Nacional, que hasta el momento es mero discurso. Del mismo modo, unificar pedidos, y asumir el rol de autoridad, dirigentes, líderes, para exigir la seguridad necesaria, deberá primar por sobre banderías políticas o intereses mezquinos que siempre abanderaron personalidades. Dispersos, cada quien por su comuna, por su partido o por su pretensión electoral, sencillamente llevará al mismo nivel de preocupación, pues solo “voces unidas” son escuchadas por oídos sordos del Estado.

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