Editorial

Se necesita menos esbirros…

La reconstrucción del país para elevarla a una Nación más proba, requiere sumar ciudadanos serios, honestos y con coraje. La actualidad desnuda una sociedad aún tímida de valores y avezada en lo irregular. No existen demasiadas muestras de valor y entereza en la función pública, por lo que resaltan el sometimiento por chantajes de jefes, patrones y líderes políticos. La cobardía por necesidades o por acomodo es la constante en instituciones donde se atropellan derechos no solo laborales, sino incluso humanos.

Órganos públicos donde unos pocos privilegiados dominan a subalternaos con la idea de autoritarismo y gritos que denotan pobreza moral y alto grado de ignorancia, son muestras diarias, palpadas y calladas. No existe un solo estamento donde no ocurran atropellos en el afán de mantener el “orden”, no precisamente basada en las leyes, sino en la idea dictatorial de quienes manejan las instituciones oficiales y aquellos donde el verdadero mandamás maneja simples marionetas que fungen de administradores.

La mayor parte de la ciudadanía conoce esta realidad obviada por el poder económico y político que obligan a dejar de lado irregularidades. La impunidad exalta arbitrariedades, compradas por monedas y donde la prensa juega un papel preponderante al desviar o no ver lo que es evidente. Así no se maneja una institución  y mucho menos un estamento que representa a su población, a quien se intenta afanosamente persuadir sobre maravillas sobrevaluadas. El Paraguay no se construye con falsedades o autoritarismo de supuestos líderes que más bien sueñan con el poder para perpetuar ideas mezquinas y generar dinero  a cuentas propias.

El país necesita de funcionarios valientes, no de simples esbirros que como canes obedecen órdenes sin pensar, pese a trasgredir principios de la honestidad y de la misma dignidad. Nadie está obligado a cumplir disposiciones no ajustadas a derecho. La amenaza de descontratación o no renovación, son armas de inútiles que siguen pensando que con la picana se mantienen en comunas. La genuflexión no se hace frente a seres ordinarios y mucho menos a personajes nefastos que vendieron el alma al diablo con tal de seguir tocando el poder.

La amoralidad no debe seguir siendo guía de poblaciones. Sentar posturas con coherencia y defender lo que por derecho corresponde, es actitud de patriotas y ciudadanos completos. Ser funcionario de una institución pública no implica ser perrito faldero de nadie y menos ser denigrado. Esta manera de sobrevivir en el poder, infligiendo temor y falseando imágenes, permanece en sociedad de ignorantes y despreocupados. No todo lo que brilla es oro, y no todo lo que los medios venden debe ser comestible, al menos para quienes gustan de la verdad, pensar por mente propia e indagar.

Dejar de ser como el resto, el que no se atreve, el que critica en casa, por los pasillos, el que dice estar cansado de tratos indignos, pero permanece en el molde, solo suma para que megalómanos crezcan y prosigan en la carrera pisando cabezas. Un empleado no es esclavo, sino colaborador en la tarea de administrar municipios u otras instituciones. El respeto al trabajador también se logra haciéndose respetar. Este es el principio necesario para que irregularidades no sigan cometiéndose a nombre del poder.

Para cambiar, para llegar a nuevos tiempos en la región y en el país, se tiene que empezar por modificar la sumisión característica de quienes por necesidades acceden a caer a bajo nivel. Despejarse de ese manto de temor y ese caparazón de ignorancia, ayudará a enterrar definitivamente a mentes enfermas que pregonan el temor como modo de gobernar.

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