Editorial

La política del antifaz

La falsedad, el predominio de la mentira  no es algo contemporáneo, como “atributo” de tiempos electorales y vidas públicas. La hipocresía, el acto de ensayar constantemente poseer creencias, opiniones, virtudes, sentimientoscualidades que en realidad ni por asomo se  tiene, se desparrama con acento proselitista, pero cae de maduro, pues es insostenible, pese a gritos y oídos sordos.

Algunos consideran útil a la  hipocresía, así  como a la mentira, para alcanzar un determinado fin, que por méritos propios no sería factible. Fingir ética, es uno de los peores puntos en este esquema que pinta a la generalidad de candidatos a la intendencia esteña. Esta “doble vida”, de hablar y aparentar altura moral, es bastante aplicada por referentes de la clase política, de esta parte, como prácticamente de todo el país.

Ningún referente político se escapa de esta realidad de tener como “valor” la hipocresía, manipulación y la mentira. Algunos tienen mejor capacidad de ocultar realidades, con fuerte respaldos de medios que ayudan a desvirtuar hechos escandalosos y ocultar inmundicias. No es una cuestión netamente humana, sino de su degradación.

Aquellos que mienten, que intentar fingir lo que no son, jamás podrán ser buenas autoridades, correctos políticos. Y si se pone a consideración todo lo que se ha visto, y  escuchado de dirigentes, es importante para y reflexionar delante de quienes se está. El que no fomenta los principios de familia, en forma real no para marketing, es una persona vacía, que no propondrá jamás ideales que la sociedad adolece y que necesita reflotar.

Es lamentable la manera de intentar engañar a una población que se impresiona con estruendos publicitarios y magnifica lo que ordenan agrandar. La amoralidad es un factor solo útil en el mundo del revés.

Una autoridad, dirigente político o candidato, debe primero ocuparse de propias vidas, fortalecer y vivir principios humanos para luego mostrar la integridad que tienen y con la pueden manejar administraciones.

En este mundo donde la hipocresía se hizo una forma de impresionar, es el reflejo de cuan enferma está la sociedad que desea mejorar, pero no se compromete en emprenderla. El núcleo de la sociedad está totalmente deteriorada, por ende se tiene el resultado más triste: violencia desmedida, criminalidad y desenfreno.

Si este antivalor de mostrar lo que no se es sigue predominando, solo se abocará a contar historias como antes sí había hombres probos y gente digna. Es inconcebible buscar mejores tiempos, si los mismos encargados de manejar los hilos del poder utilizan caparazón de coherentes, dignos, éticos y profundamente cristianos.

Pero primordialmente, la ciudadanía, la gente interesada por mejorar, la que se preocupa por dejar un ambiente más sano en todos los aspectos a sus hijos, deberán asumir seriamente el compromiso por fortalecer lo verdaderamente importante: la formación personal y humana por sobre cualquier interés ajeno a lo correcto.

Se viven tiempos difíciles, donde la sinceridad, coherencia, son cuestiones de un grupo que hasta es rechazado. La esfera del poder debe depurarse y dejar de ser sepulcros blanqueados, de modo a pasar a ser forjadores de nuevos tiempos, cimentado la semilla no solo de la prosperidad material, sino la recuperación de valores que diferencian de las otras especies del reino animal.

La ciudadanía al dejar de ser ciega, podrá determinar el grado de hipocresía en que se desenvuelven los del poder. Vivir realidades es una cuestión útil, no solo para puntos de vistas, sino de proyectos, y mejores administraciones.

Últimas

Inicio